GRACIAS LUISA (En honor a mis niños de 40 años-Mi primera promoción en Pontevedra)

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Estamos a principios de la década de los 90, seguramente en el mes de junio. La fotografía es de la clase de 5º de EGB y fue tomada en una excursión a Castiñeiras. El del centro es don Juan, el profesor que nos tuteló durante todo el curso.

Es lunes, un lunes cualquiera. Don Juan nos enseña gramática, nos da clase de matemáticas y nos indica cómo lanzar triples. Dedica unos minutos del martes a contarnos que es algo testarudo y que nació a pesar de que en el parto de su madre no todo estaba claro. Estamos a miércoles y, de pronto, decide cambiarme de sitio. Pone mi mesa al lado de las de Helena, Miki y María. Lo hace, supongo, porque mi padre acaba de morir y quiere que me sienta arropada. Vaya si lo consigue: me lo paso en grande con María. De ese sencillo movimiento de don Juan surge mi amistad con mi amiga del alma. También aprendo de Miki, un ser excepcional que va por el mundo regalando sonrisas sin pedir nada a cambio.

Es jueves. Juan nos habla de deporte, del fútbol que tanto le apasiona, de la importancia de mantener la calma, de avanzar por caminos seguros. Nos cuenta que sus compañeros inician las carreras de los entrenamientos derrochando potencia y que pierden la fuerza en un abrir y cerrar de ojos. “El esfuerzo tiene recompensa”, nos comenta.

El viernes miro a don Juan con cierta rabia porque me manda ir al colegio el sábado por la mañana para recibir clases de apoyo. Es un sentimiento efímero, es imposible no admirar a nuestro profesor. Se ha ganado nuestro respeto, se ha ganado el don y se ha ganado todo el cariño que yo pueda darle.

Se acerca el fin de semana y nos marchamos en unas horas, así que don Juan copia en la pizarra las materias que estudiaremos la semana siguiente. Y, con letra muy menuda, deja también una frase que estampamos en nuestras agendas: “Nunca tiréis la toalla”. Cada viernes una frase, una frase para la vida.

Es fin de curso. Hemos reído, hemos llorado y hemos aprendido. Don Juan lo celebra sorteando el bolígrafo que ha usado durante muchos meses, una especie de roller que nos gusta a todos. La afortunada es María Malvar, que adivina el número que Juan ha escrito en un papelito.

Nos despedimos de nuestro profesor con pena. Minúsculos a su lado, somos mucho mejores que cuando entramos por la puerta.

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