¿ES ESTO LO QUE QUEREMOS? ¿NO NOS ESTAMOS EQUIVOCANDO GRAVEMENTE?

El otro día, una muy buena amiga mía (Rogelia), propietaria de un Restaurante Rural en el que se come maravillosamente bien (situado justo enfrente de la Capilla de la Virgen de los Milagros de Amil, a la que yo asisto a misa semanalmente desde hace aproximadamente 15 años), me pasó la siguiente lectura; una vez la hubo arrancado de su revista «Mujer Hoy».

Rogelia es una mujer preocupada, desde siempre, por la educación de sus dos hijas y que posee una cultura adquirida a través de los libros y, sobre todo, a raíz de los «batacazos» que injustamente te da la vida cuando menos te los esperas. La suya es una historia que quizás algún día valga la pena contar, llena de venturas y desventuras; llena de renuncias a la vida que ella deseaba en un entorno diferente al que, sin embargo, se desarrolló la suya. Pero, claro, a veces no tenemos la maravillosa posibilidad de elegir nuestro camino. Ella permaneció fiel a un marido (con carrera universitaria de las que valen la pena) que nunca quiso abandonar a sus padres y durante muchos años regentó el bar que ellos poseían en los Milagros de Amil (Casa Marcial), hoy en día convertido por Rogelia (su marido murió de cáncer) en un Restaurante Rural premiado hace unos días por el Concello de Moraña.

Rogelia es una mujer que sueña con una sociedad diferente, más justa y más razonable en la que sus hijas puedan ser felices, sean lo qué sean, estudien lo qué estudien, tengan lo que tengan…; pero que vivan en una sociedad donde se respete a las personas y los valores que cada una aporte sin tener en cuenta su condición económica,  social o cultural.

QUERIDA ROGELIA: «YO TAMBIÉN QUIERO ESO PARA MIS HIJAS».

Pues bien, creo que la siguiente lectura debería hacernos reflexionar: ¿No deberíamos luchar por cambiar algo?

El rojo de las amapolas, por Susanna Tamaro — Mujerhoy.com —

«La otra tarde estuve echando un ojo a mis abejas. El momento de la  extracción de la miel se acerca y el hipnótico zumbido de las recolectoras, que  regresan cargadas a la colmena, llena todo el aire. Mientras las  observaba, no podía dejar de pensar en esos insecticidas (al fin prohibidos por  la Unión Europea) que tantos agricultores han estado empleando para luchar  contra los parásitos. Se les conoce como neonicotinoides. Estos compuestos  atacan, hasta destruirla, la memoria de las abejas, que, de este modo, como los  ancianos aquejados de alzhéimer, acaban pululando perdidas sin encontrar el  camino a casa. Las abejas, al igual que nosotros mismos, son memoria; sin ella,  no logran sobrevivir. Y, como nos recordó Einstein con dotes proféticas,  sin las abejas nuestra vida sobre la Tierra está condenada a desaparecer en unos  pocos años.

Vivimos en una sociedad obsesionada con el cómo  morir, que, sin embargo, no se pregunta cómo debemos vivir. La  exaltación del individualismo narcisista nos ha convencido de que estamos  rodeados de grandes y bellos paisajes cuando, en verdad, no son más que  trampantojos. Hoy nos encontramos en un callejón sin salida.  Abandonarnos solamente a las veleidades del yo, como nos anima a hacer esta  sociedad cínicamente materialista, es la mejor manera de encontrarnos atrapados  en un mundo lleno de angustia y miedo. La proliferación contagiosa de ataques de  ansiedad es algo que lo confirma. Más allá del consumo, no surgen razones que  den sentido a nuestra vida. Compro y, al comprar, también yo soy  comprado: este es el siniestro motor que mueve a la sociedad contemporánea.  Pero, ¿adónde? Solo hacia el abismo.

Para entender bien en qué  nos hemos convertido, miremos con calma los campos de trigo, ahora que se  acerca la cosecha. El grano está maduro; esta visión, por sí misma,  debería proporcionarnos una sensación de plenitud y felicidad. Pero no: hay algo  en estos campos que chirría. Mucho amarillo, sí, pero solo amarillo. ¿Dónde están las amapolas, las flores de lis o las manzanillas, siempre fieles  compañeras del grano? Lo cierto es que ya no se ven, han caído fulminadas por  los herbicidas selectivos, porque esas flores que nos llenaban de gozo (y que  tantas obras maestras de la pintura universal han inspirado) no eran más que  hierbajos que había que eliminar para optimizar el rendimiento de la  cosecha. Estos campos amarillos y grises hasta la extenuación  reflejan nuestra sociedad mejor que miles de ensayos sociológicos. Esto  es en lo que nos hemos convertido. ¿Y si lo que nos hiciera falta de verdad  fueran las amapolas y las flores de lis? ¿No tendrá nuestra sociedad, hoy más  que nunca, una necesidad imperiosa de regirse por la sencillez y por la belleza? Actualmente, solo vivimos buscando el máximo rendimiento a  todo. Lo que no aporta beneficios inmediatos acaba por ser eliminado. No se  toleran ni la diversidad ni la sencillez. Más allá del consumo  materialista, no encontramos elementos que den significado a la existencia. Pero  no somos solo materia; necesitamos incorporar también la belleza, el asombro, la  humilde capacidad de emocionarnos».

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